La locura (3)

Historia de la locura en la época clásica — Michel Foucault (1961)

El libro y su provocación

Cuando Foucault presentó este texto como tesis doctoral en Francia, el jurado lo recibió con una mezcla de admiración e incomodidad. No era un libro de psiquiatría ni de historia de la medicina en el sentido convencional. Era algo más perturbador: una investigación sobre cómo Occidente decidió, en un momento histórico preciso, que ciertos seres humanos no merecían habitar el mundo de los cuerdos, y construyó instituciones, saberes y lenguajes para justificar esa decisión.

La tesis central es simple en su formulación y radical en sus consecuencias: la locura no es un dato natural que la medicina descubrió y luego trató. Es una construcción histórica y social que cada época define, clasifica y gestiona según sus propias necesidades de orden.

Lo que llamamos “enfermedad mental” no existió siempre de la misma manera. Tuvo una historia. Y esa historia dice mucho más sobre el poder y la moral de cada época que sobre la naturaleza del sufrimiento humano.


Parte I: La locura libre — la Edad Media y el Renacimiento

Foucault comienza con una imagen que desafía la narrativa progresista de la historia: en la Edad Media y el Renacimiento, la locura no era recluida ni silenciada. Era visible, presente, incluso dotada de un saber propio.

El loco medieval circulaba. Habitaba los márgenes de las ciudades, aparecía en las ferias, era tolerado con una mezcla de temor y respeto. Existía la figura de la Nave de los Locos —un barco real o simbólico que transportaba a los insensatos de ciudad en ciudad— que Foucault toma como metáfora de esa relación: la locura estaba en movimiento, no encerrada. Era parte del paisaje humano.

Más aún: en el pensamiento renacentista, la locura tenía una dimensión trágica y sagrada. Para Erasmo, en su Elogio de la locura, el insensato veía verdades que el cuerdo no podía ver. Para los pintores como El Bosco, la locura era una ventana a las profundidades del alma humana y al absurdo de la condición mortal. El loco no era simplemente un enfermo: era un portador de sentido, alguien cuya diferencia iluminaba algo sobre todos.

Foucault llama a esto la experiencia trágica de la locura: una relación con lo insensato que reconocía en él una verdad, aunque perturbadora.


Parte II: El Gran Encierro — el siglo XVII y la era clásica

El punto de quiebre que Foucault identifica es preciso: 1656, año en que Luis XIV funda en París el Hôpital Général. En pocas décadas, instituciones similares se multiplican por toda Europa. Y lo que ocurre dentro de ellas define una nueva relación con la locura.

El Hôpital Général no es un hospital en el sentido médico. Es un lugar de reclusión masiva donde se internan juntos, sin distinción clara, los locos, los pobres, los vagabundos, los libertinos, los huérfanos, los ancianos sin familia, los desempleados. Lo que los une no es una patología: es su incapacidad o negativa de ser útiles al orden social y económico emergente.

Foucault llama a esto el Gran Encierro: un gesto político y moral de exclusión mediante el cual la sociedad burguesa naciente separa a quienes trabajan de quienes no pueden o no quieren hacerlo. La ociosidad es el pecado central de la nueva moral capitalista, y todos los que encarnan esa ociosidad —el loco entre ellos— son recluidos y silenciados.

En este período, la locura pierde su dimensión trágica y su potencia de verdad. Ya no habla: es silenciada. Ya no circula: es encerrada. Ya no porta un saber perturbador: es definida por su ausencia de razón. El loco clásico es, ante todo, alguien que no puede trabajar, que no puede obedecer, que no puede ser útil. Su reclusión no es terapéutica sino moral y económica.

La experiencia trágica de la locura es reemplazada por lo que Foucault llama la experiencia crítica: la locura como el reverso negativo de la razón, como aquello que la razón debe excluir para definirse a sí misma. La razón necesita a la locura para saber qué es. Y para mantener esa definición clara, la locura debe permanecer encerrada y muda.


Parte III: El nacimiento del asilo — el siglo XVIII y la reforma humanitaria

A fines del siglo XVIII llega lo que la historia oficial celebra como una liberación: los reformadores Philippe Pinel en Francia y William Tuke en Inglaterra “liberan” a los locos de sus cadenas. Las imágenes son famosas y conmovedoras: Pinel en Bicêtre, ordenando quitar los grilletes a los alienados.

Foucault hace aquí su movimiento más provocador: esa liberación no fue una liberación. Fue la sustitución de una forma de control por otra más eficiente y más profunda.

El asilo moderno que Pinel y Tuke construyen no elimina la reclusión: la reorganiza. Lo que cambia no es el encierro sino su justificación y su tecnología. El loco ya no está encadenado por ser peligroso o inútil: está internado para ser curado, observado, corregido. El médico reemplaza al carcelero. Pero el resultado es, en muchos sentidos, más totalitario: ahora el control no opera solo sobre el cuerpo sino sobre la mente, sobre la identidad, sobre el modo en que el paciente se percibe a sí mismo.

El asilo de Tuke, por ejemplo, funcionaba sobre tres principios que Foucault analiza con detalle: el silencio (el loco debe aprender a callarse y escuchar), el reconocimiento por el espejo (el loco debe verse como diferente y avergonzarse de su diferencia) y el juicio perpetuo (el médico evalúa constantemente si el comportamiento del paciente se acerca o se aleja de la norma). No hay violencia física, pero hay algo más invasivo: la internalización del juicio ajeno como conciencia propia.

Pinel, por su parte, construye la figura del médico alienista como una figura de autoridad casi paterna: su poder sobre el loco no viene de su conocimiento científico sino de su presencia moral, de su capacidad de encarnar la razón y la norma frente a quien las ha perdido. La cura no es técnica: es sometimiento simbólico.

Foucault concluye algo que escandalizó a la psiquiatría de su época: el asilo no liberó al loco. Lo sometió a una forma de poder más total que las cadenas, porque esa forma de poder habita ahora dentro de él.


La pregunta que atraviesa el libro

Detrás de cada capítulo hay una pregunta que Foucault no formula de manera directa pero que estructura toda la investigación: ¿quién tiene el derecho de definir la razón?

Porque definir la razón es, simultáneamente, definir la locura. Y definir la locura es decidir quién queda adentro y quién queda afuera del mundo de los que merecen ser escuchados, respetados, considerados sujetos plenos. Esa decisión nunca fue neutral. Siempre estuvo cargada de valores morales, de intereses económicos, de relaciones de poder.

El diagnóstico psiquiátrico, en esta lectura, no es simplemente una descripción clínica. Es un acto de poder: nombrar a alguien como loco es quitarle la palabra, invalidar su experiencia, someterlo a una autoridad que él no eligió y que no puede cuestionar sin que ese cuestionamiento sea interpretado como síntoma de su propia enfermedad. Es un círculo perfecto y perfectamente cerrado.


Su impacto y sus críticas

El libro generó reacciones intensas en ambas direcciones. Inspiró el movimiento de la antipsiquiatría —con figuras como R.D. Laing y David Cooper— que cuestionó radicalmente la legitimidad del diagnóstico y el internamiento psiquiátrico. Influyó en reformas legislativas en varios países europeos que redujeron el internamiento involuntario y promovieron la desinstitucionalización.

Pero también recibió críticas serias. Historiadores como Andrew Scull cuestionaron la precisión de los datos históricos de Foucault, señalando que el Gran Encierro no fue tan masivo ni tan coordinado como él sugiere. Psiquiatras señalaron que su lectura ignora el sufrimiento real de quienes padecen enfermedades mentales graves y que su crítica al tratamiento no ofrece alternativas concretas.

El propio Foucault admitió en ediciones posteriores algunas imprecisiones históricas. Pero sostuvo que su objetivo nunca fue la historia factual pura sino la historia de las condiciones de posibilidad: no qué ocurrió exactamente, sino qué estructuras de pensamiento y de poder hicieron posible que ocurriera.


Cierre

Historia de la locura sigue siendo, más de sesenta años después de su publicación, un libro incómodo. No porque sus datos sean perfectos ni porque su método sea irreprochable, sino porque la pregunta que plantea no tiene respuesta fácil ni cómoda.

Cada época cree que su forma de tratar a los que llama locos es finalmente la correcta, la humana, la científica. Foucault nos recuerda que eso es exactamente lo que creyeron todas las épocas anteriores.

Y entonces la pregunta queda flotando, sin resolución posible: ¿qué dirán de nosotros, dentro de cien años, quienes estudien cómo tratamos hoy a quienes no encajan en nuestra definición de razón?


Referencia: Michel Foucault, Histoire de la folie à l’âge classique, Gallimard, París, 1972 (edición ampliada). Primera edición: Plon, 1961.